martes, 28 de agosto de 2012

Como siempre, Como nunca.

Abrí los ojos.

Un día cualquiera. Los sonidos de siempre, los silencios de siempre. Fumé una calada de aquel aire, el de siempre... Pero, sabía distinto, todo era distinto.
Fuí a levantarme... Pero unas cadenas me lo impidieron. Me sacudieron fuertemente, empujandome hacia mi cama. Todo se volvió negro, como la noche, mi noche. Un susurro pasó por mis oídos, y "aquella" conversación volvió a mi mente.

No habían cadenas que me aprisionasen ya, pero ahora, era Yo el que no quería levantarse.
Todo era nítido, lo era, por una fracción de segundo, hasta que las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas...

Ya no quedaban lágrimas...

Me levanté, cojí la ropa en una mano, y en la otra, llevaba la pena. Que estúpido y débil era, si incluso me iba hacia un lado. Puse música, aquellas canciones que me enseñaste. Aquellas las cuales al escuchar, cada parte de mí, se estremece y se desvanece

"whoever you are , i need you more than anything" Adoraba especialmente ese verso. Sonreía con lágrimas en los ojos...

Gritaba ese verso, una y otra vez, hasta quedarme sin voz. Hasta escupir la innecesaria sangre de mi corazón.

Me miré al espejo. Me enfadé, sin saber por qué... Sangre en mis manos, espejo roto, realidad a la mierda. Estaba harto de la jodida realidad. Harte de todo, de todos. De esas palabras que resonaban en mi cabeza. De esos recuerdos que martirizaban mi felicidad.

Me vestí a toda prisa, cogí el skate  "joder, lo manché de sangre".
Baje, a la calle, y me impulse... No recuerdo a donde, ni a que dirección. Solo recuerdo las lágrimas que resbalaban por mi mejilla. La sangre que salpicaba al cielo en cada giro. La música que taladraba mi cabeza, mis pensamientos.

Seguí adelante, sin dirección, sin saber. La velocidad era cada vez mayor. Los ojos estaban empañados... Tropiezo, el mundo dando vueltas, oscuridad.

Abrí los ojos. Un cielo azul. Un cielo... ¿Dónde estaba? ¿Cómo había acabado aquí?

Me erguí, miré a un lado, a otro. Rosas. Una carretera sola enfrente. Un silencio sepulcral en mis oídos, solo el susurro de los árboles. Y mi mano seguía sangrando. Mi alma seguía llorando.

Rasgué mi camiseta, me vendé. Dejé de llorar. Cojí el skate. Me encaminé por aquella carretera.

No me pregunté en ningún momento a donde iba.

No me pregunté en ningún momento, si un accidente tendría.

Solo seguí hacia adelante, y esta vez, ni siquiera el viento me daba la mano.

Eramos, Yo, Mi Skate, Mi Soledad.

Como siempre.

Como nunca.

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